En primer lugar, como siempre me dijo mi abuela, me presento. Me llamo Juan y soy periodista. Ahora bien, no de esos que salen en la tele, sino de los que pasan horas escribiendo notas que a veces nadie firma, de los que corren detrás de una información, de los que cargan con el móvil (antes era la grabadora) para recoger las declaraciones del político de turno que luego nadie nunca leerá. Como mucho, se quedarán con el titular, que no está nada mal.
Pues bien, os voy a contar la historia de mi vida laboral. Y como si fuera una noticia periodística, esperando que al lector le sirva de utilidad. En este caso no he tenido que salir a la calle para recoger testimonios, los tengo yo todos en primera persona.
Os cuento que entré en la empresa con ilusión. Pensaba que era mi oportunidad, la puerta de entrada al oficio con el que había soñado desde la universidad, no como ahora que sueñan con ser influencers. Y claro, las primeras veces ya se sabe que duelen mucho.
Los primeros meses fueron lo de siempre. Me enviaban a cubrir ruedas de prensa, conferencias, protestas en la calle. Yo escribía con ganas, quedándome hasta tarde para pulir cada información. Otro consejo de mi abuela fue “llega el primero y vete el último”. Pues nada, a las abuelas se las hace caso. Mis notas salían publicadas, mis fotos también. Pero había un detalle que no encajaba, cada vez me iban pagando más tarde.
Pasaron semanas, luego meses, y la historia se repetía. Entonces empecé a hacer lo que había que hacer. Lo primero fue documentarme. Guardé correos, mensajes, contratos verbales convertidos en escritos. Tomé capturas de mis informaciones publicadas. Guardé todo en una carpeta con fechas muy claras. Sabía que, si algún día tenía que reclamar, no podía presentarme con las manos vacías ante un abogado, y así fue.
Por suerte, la labor de un periodista siempre queda plasmada. Para bien o para mal.
El segundo paso fue hablar con mis jefes. Eso sí, yo siempre recomiendo con calma, no se pueden perder las formas. Pedí reuniones con el editor y con recursos humanos. Expuse los hechos, señalé que había cumplido con mi parte y que esperaba lo mismo de la empresa. Las respuestas fueron como siempre lanzando balones fuera: “Estamos ajustando presupuestos”, “no te preocupes, pronto se regulariza”. Yo sabía que no iba a cobrar.
Entonces entendí algo fundamental: no basta con esperar, hay que moverse. Consulté con colegas más veteranos y me dijeron que era un problema común en el gremio, que muchos callaban por miedo a perder la oportunidad. Estaba harto de escribir sobre otros colectivos que estaban pasando por un mal momento cuando el que lo estaba pasando peor era yo. Pero claro, perro no muerde a perro.
Así que busqué asesoría legal. Encontré una empresa de abogados que ofrecía orientación para las reclamaciones de Cantidad Laboral. Les conté mi caso y me explicaron cuáles eran mis derechos, qué pasos debía seguir y qué documentos necesitaba para formalizar una reclamación.
En Trámites Fáciles Santander me comentaron que el plazo para la reclamación de cantidad es de un año contando como día de inicio desde el momento que las cantidades pudieron ser reclamadas al empresario, es decir, desde el día que el empresario debió abonar el salario y no lo hizo.
Como ellos me comentaron, y quiero que esto quede claro, hay que tener muy presente ese año de prescripción ya que en ocasiones, el trabajador no quiere demandar e intenta alcanzar un acuerdo extrajudicial con la empresa para la reclamación de cantidades, ya sea por la buena fe del trabajador o por las buenas relaciones que unen a ambas partes.
De becario a profesional
Con esa información en mano, redacté una carta formal de reclamo de cantidades. No fue un correo improvisado, sino un documento serio, con fechas y pruebas adjuntas. Lo envié con copia al área legal de la empresa y al sindicato. La cosa se ponía sería y yo dejaba de ser casi un becario, era ya un profesional que defendía sus derechos.
El proceso fue largo. Tardaron en responder oficialmente, intentaron negociar, incluso insinuaron que podría perder mi lugar si seguía insistiendo. Pero yo no cedí. Tenía claro que aceptar trabajar gratis era hipotecar mi futuro y el de otros colegas que vendrían detrás.
Al cabo de un tiempo, la empresa pagó, pero yo sabía que esto no iba a ser el final. Así que una vez que volvió a pasar fueron denunciados y acabaron pagándome todo. La verdad es que la labor de los abogados fue tremenda y hasta que sentí un poco de venganza.